Einstein, en una de sus famosas frases, decía que algo no se comprende hasta que uno no es capaz de explicárselo a su abuela. Para los que nos dedicamos a la enseñanza, este difícil envite admite una variante en ocasiones no menos ardua, la de hacérselo entender a nuestros alumnos. Algunos de nosotros hemos padecido, sobre todo en nuestra formación superior, la transmisión de una arquitectura conceptual que empezaba, de alguna manera, la casa por el tejado, manipulando complicados tratamientos matemáticos cuando las ideas esenciales se mostraban tangencialmente o ni siquiera eran reconocidas. En muchos casos la belleza del pensamiento científico ha sido eclipsada por esa máscara de formalización lógica tan ilógica.
Toda esta introducción me permite ahora presentar un diálogo entre dos de las figuras más prominentes de la ciencia en la primera mitad del siglo XX, poniendo énfasis en una discusión eterna entre la matemática y la física. Aquí va. Einstein: —Usted sabe, Henri, al principio, yo estudiaba matemática. Pero la dejé y me dediqué a la física… Poincaré: —Ah… No sabía, Alberto. ¿Y por qué fue? Einstein: —Bueno, lo que pasaba era que si bien yo podía darme cuenta de cuáles afirmaciones eran verdaderas y cuáles eran falsas, lo que no podía hacer era decidir cuáles eran las importantes…. Poincaré: —Es muy interesante lo que me dice, Alberto, porque, originalmente, yo me había dedicado a la física, pero me cambié al campo de la matemática… Einstein: —¿Ah, sí? ¿Y por qué? Poincaré: —Porque si bien yo podía decidir cuáles de las afirmaciones eran importantes y separarlas de las triviales, mi problema… ¡es que nunca podía diferenciar las que eran ciertas(...)